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La violencia ejercida contra la mujer es un problema social grave que afecta de distintos modos a una proporción importante de personas en distintos lugares del mundo. Sin embargo, este fenómeno no se ha entendido siempre así. Los golpes, el abuso sexual, las humillaciones y los distintos modos de maltrato constituyen un modo de proceder que durante décadas se consideró un asunto privado y un problema doméstico que cada quien debía afrontar dentro de los muros del hogar si la desgracia se cernía sobre su familia. Un ejemplo de esta visión fatalista se encuentra en el presidente de Perú que describió recientemente el asesinato de una mujer que fue quemada viva por su expareja del siguiente modo: “A veces estos son los designios de la vida” (El Diario, 2018). En América Latina y Europa, una parte importante de la población sigue considerando que las bofetadas, los insultos, el control de las relaciones y otras formas de agresión hacia la mujer son situaciones que forman parte consustancial de la vida de pareja y que nada puede hacerse para evitarlas desde fuera. En ocasiones se va mucho más allá y se llega a justificar la violencia de género como un proceder normal del hombre cuando la mujer no se somete a sus dictados.

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